14 abr. 2013

Qué relaciona a los hombres lobo con las guerras nucleares.


Todo comenzó porque me daba vergüenza el trabajo de mi padre.
Ahora, con treinta y pico de años y sabiéndolo todo, me parece que era un nene caprichoso y molesto. Pero te aseguro que en esa época, cuando yo tenía nueve o diez años, era una tortura no poder tener a tu viejo en los actos escolares, o que si mamá no podía buscarme a la escuela viniese una de sus amigas, señoras a las que llamaba “tía Mabel” o “tía Alicia”, pero que no tenían ningún parentesco conmigo. Seguro me conocían de toda la vida, pero a los diez años, que ya entendía que no eran mis verdaderas tías, en que sabía que mis tíos y tías verdaderos estaban en otras ciudades y que no les interesaba mi vida, las seguía llamando “tías” porque se me había pegado el nombre con la costumbre, pero realmente tenía un sabor amargo el título cada vez que lo pronunciaba. Decirles “tía” era para mí dares un título que habían usurpado, como si se hubieran metido en mi vida por la fuerza. Porque para mis padres ellas eran simplemente Mabel, o Alicia. Para ellos no eran tías de nadie, era como si el vínculo sanguíneo me afectase sólo a mí. Y no soportaba eso. “A ver cómo le da un besito a tía Alicia” o “Venga el nene a darle un beso grande a su tía Mabel” eran frases que en esa época eran sinónimo de algo desagradable, cercano a náuseas ligeras, como cuando entrás a un baño público que, por más de que esté limpio, sabés que alguien usó recientemente.
Después de enterarme de todo sobre mi padre me decía que podía haberlo sabido antes, que era lo suficiente maduro como para que me cuente a esa edad en que ya entendía las cosas serias de la vida. Ahora que soy adulto y que tengo mis propios secretos que le guardo a mis hijos, entiendo que eran muy diferentes las cosas a la manera en que las veía. Grandes secretos, pequeños secretos, todos tienen algún secreto. Sí, me corrijo, todos tenemos algún secreto.

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