22 dic. 2011

Origen de la navidad (cuento)


Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Mario le pidió compañía a su madre.
Para ella su hijo de seis años era el centro del universo, pero aquel día estaba organizando los detalles de la cena navideña. Por eso delegó la tarea en el padre del niño, José.
Los últimos meses Mario prefería la compañía de José antes que la de Helena. Ya había pasado la etapa edípica, y tomaba a su padre como héroe personal. Y su héroe lo era también para muchos otros. Cuando iban al pueblo de los abuelos todos se comportaban con José como si fuera alguien muy importante. Muchos le hacían voces para llamar su atención y saludarlo, y otros se cruzaban la calle para estrecharle efusivamente las manos.
Mario admiraba a su padre. Pero esa noche prefería evitarlo. Lo afectaba la culpa por lo sucedido por la tarde. Cuando él llegó a la pieza Mario recién se estaba acostando. De lo contrario, habría tratado de disimular estar dormido, para evitarse el reto de José. Éste acercó la silla a la cama, se sentó con un libro entre las manos, y miró a su hijo.
­—Esta noche fue tu mamá quien me pidió que venga, en lugar de pedírmelo vos.
En el tono había amabilidad, no reproche. Pero Mario no podía olvidar la mirada de indignación recibida esa tarde. Indignación y decepción.
—¿Querés que te lea algún cuento en especial, Mario?
—Eh, papá, quería saber si papá noel me va a traer regalos aunque me haya portado mal.
—Hijo, lo de hoy lo manejaste muy bien, tuviste el valor de contarme y además lo terminaste de arreglar vos solito.- depositó con cariño la mano en la rubia cabellera de su hijo, y lo despeinó un poco. Por otro lado, ya tenés siete años, creo que es buen momento para contarte algo.
—Es otra historia de héroes, papá?
—Ésta es sobre la navidad. ¿Viste que en la misa el sacerdote dice "Hagan esto en conmemoración mía"?
—Vos me explicaste lo que significaba, ya me acuerdo. Significa repetir eso que hizo Jesús para recordarlo, por eso el cura lo hace.
—El sacerdote, hijo. Es eso mismo. Bueno, te voy a contar una historia de otro gesto que nosotros repetimos. Hace mucho tiempo, en una aldea de las montañas, en un lugar donde hace mucho frío, vivía un viejito que era carpintero, llamado Lionel. Era viudo, su esposa había muerto hacía poco, y el señor no tenía hijos. Era cerca de fin de año, y este hombre iba a pasar solo la cena de nochebuena. En un principio estaba muy triste, pero se puso a pensar que así como el Niño Dios nacía para sacrificarse por los hombres (por todos nosotros), él también quería tener un gesto para sus semejantes. Y pensando en el niño dios es que se le ocurrió hacer muchos juguetes, regalarle uno a cada niño de su aldea. Tampoco eran muchos, era una aldea pequeña. Y repitió su gesto todos los años hasta su muerte. En el entierro del anciano estuvieron presentes todos los niños del pueblo. Fue entonces que una nenita pequeña se acercó a la tumba, arrojó una flor invernal sobre su ataúd, y le dijo, te voy a extrañar, papá Noel.
Y al año siguiente, para la fecha de la natividad de nuestro señor Jesucristo, en esa aldea los pobladores empezaron a darse regalos entre ellos, como gesto de buena voluntad. Lo comenzaron a hacer en honor al viejo Lionel, repitiéndolo todos los años. Unos viajeros que pasaban por ahí les copiaron el gesto, y fue así que poco a poco todos, para estas fechas, tenemos la costumbre de darnos regalos, como lo hizo una vez un señor anciano sin hijos, ése al que todos llamamos papá Noel, que es el nombre que le quedó.

El niño ya tenía los ojos cerrados y la respiración pausada. Su padre no pudo contenerse y depositó un suave beso sobre su frente.
—Papá
—¿Sí, hijo?
—¿Voy a recibir regalos igual?
—Sí hijo, no te preocupes. Hasta mañana.
—Hasta mañana papi.

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