8 jul. 2010

Un fragmento de "El Tapiz de Fionavar"



Flidais, que se acordaba con claridad de los tiempos en que había sido Taliesin en Camelot y había visto combatir por primera vez a aquel hombre, sintió un nudo en la garganta, una pesada opresión en su robusto pecho, al ver el desesperado y espléndido coraje que se estaba malgastando allí. Se sorprendió a sí mismo: se suponía que los andains no se preocupaban de lo que les ocurría a los mortales, ni siquiera a aquel hombre; sobre todo teniendo en cuenta que él era el guardián del bosque y el sagrado bosquecillo había sido profanado. Su deber y su lealtad deberían haber sido tan transparentes como el círculo de cielo que coronaba el bosquecillo.
Un día antes, y quizás tratándose de otra persona, lo hubieran sido. Pero ya no podían serlo, y mucho menos tratándose de Lancelot. Flidais contemplaba la escena con mirada atenta a la luz de la Luna y traicionaba la responsabilidad contraída desde hacia tanto tiempo al sufrir por lo que estaba viendo.
Curdardh cambiaba constantemente su amorfa y evanescente apariencia física; adoptaba nuevas y mortales formas mientras combatía. Ante la mirada de Flidais desarrolló un nuevo miembro, que sostenía una espada de piedra, una espada que parecía formar parte de su propio cuerpo. Atacó a Lancelot y lo hizo retroceder con esa espada hasta los árboles del límite oriental del claro, y luego, sin esfuerzo alguno, con primitiva fuerza, blandió su poderoso martillo con furia arrasadora.
El hombre, con desesperación, hurtó el golpe. Lancelot, en efecto, se agachó y se echó hacia un lado, con un movimiento que lo expuso por debajo a un golpe de martillo y por encima a un tajo de la espada, y luego, mientras se dejaba caer sobre las rodillas asestó un golpe de revés con la espada que acertó a seccionar por el hombro el brazo recién desarrollado de Curdardh. La espada de piedra cayó sobre la yerba.
Flidais contuvo el aliento de asombro y de pavor. Después, tras un instante de salvaje e irracional esperanza, exhaló de nuevo un suspiro de pesar. Pues el demonio se limitó a reírse, sin dar muestras de fatiga o de haber sufrido daño alguno, y desarrolló un nuevo miembro de su torso gris pizarra. Otro miembro con otra espada, igual que antes.
Y atacó de nuevo, sin demora, sin respiro. Una vez más, Lancelot eludió el martillo forjado en las profundidades, una vez más desvió el golpe de la espada de piedra y esta vez, con un movimiento tan rápido que apenas pudo verse, golpeó a su vez y acertó a dar en la repugnante cabeza del demonio llena de gusanos.
El golpe debía haberle causado dolor, pensó Flidais, asombrado todavía de preocuparse tanto. Y en efecto, parecía habérselo hecho, pues Curdardh vaciló, rugiendo sin palabras, antes de comenzar de nuevo a cambiar de forma: esta vez se transformó en una criatura viviente de piedra sin rasgos distintivos, invulnerable, insensible a los golpes de espada, sin que importara dónde hubiera sido forjada o quién la empuñara. Y comenzó a acosar al hombre por el reducido ámbito del claro para herirlo y matarlo.
Flidais comprobó entonces que había estado en lo cierto desde el principio. Siempre que Lancelot le causaba algún daño, alguna herida, el demonio podía refugiarse en una apariencia inexpugnable. Podía curarse cualquier herida de espada sin dejar de obligar al hombre a eludir su acoso mortal. Incluso con la pierna inutilizada -lisiada ritualmente hacía mil años como señal de que el demonio era el guardián de aquel lugar-, Flidais veía que Curdardh era ágil y mortífero y que el claro era pequeño, y que ni los árboles del bosquecillo ni los espíritus que contemplaban el combate permitirían que el hombre escapara, ni tan siquiera por un momento, del sacrosanto lugar que había profanado y donde por fuerza debía morir.
Lo veía él y también alguien más. Desviando la mirada del reñido y sangriento combate, Flidais miró a la derecha. El muchacho, con el rostro muy pálido, contemplaba la escena con expresión inescrutable. Al mirar al hijo de Rakoth Maugrim, Flidais sintió el mismo instintivo rechazo que había experimentado en la playa junto al Anor, y fue lo bastante honesto para reconocer que tal sensación era simplemente miedo. Luego pensó en la madre del muchacho y volvió a fijar su mirada en Lancelot, que estaba combatiendo en silencio en la oscuridad para salvar la vida del chico: desterró sus recelos y, caminando sobre la yerba del claro, se acercó a Darien.
-Me llamo Flidais -dijo, rompiendo así sus más ancestrales principios. Pero, pensaba, ¿de qué servían los principios en una noche como aquélla y tratándose de una criatura como aquel muchacho?
Darien se retiró unos pasos, asustado de tan cercana proximidad. Sus ojos no se apartaban ni un momento de las dos figuras que estaban combatiendo.
-Soy amigo de tu madre -dijo Flidais, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas-. Te aseguro que no quiero causarte mal alguno.
Por primera vez, el muchacho lo miró.
-Eso no tiene importancia alguna -dijo, hablando casi en un suspiro-. No puedes conseguir que cambien las cosas, ¿verdad? La elección ya ha empezado a hacerse.

Estremeciéndose, a Flidais le pareció que por primera vez veía al muchacho con toda claridad, y de pronto, en aquel instante, se dio cuenta de la juventud, de la belleza de Darien, y, puesto que podía ver en la oscuridad, se dio cuenta también de cuán azules tenía los ojos.
Sin embargo, por mucho que lo intentara, no podía borrar la imagen del brillo carmesí que tenía en la playa ni del resplandor del árbol al incendiarse.
En ese momento resonó un ruido sordo en el claro, y Flidais se apresuró a retroceder pegándose al tronco del árbol que había tras él. A menos de seis pasos, Lancelot perdía terreno, acosado por el demonio que, bajo la apariencia de una inexpugnable roca, avanzaba con un ruido semejante a un alud de piedras.
A medida que Lancelot se acercaba, Flidais distinguía en todo su cuerpo innumerables heridas y contusiones. La sangre le manaba sin cesar del hombro izquierdo y del brazo derecho. Tenía las vestiduras destrozadas y empapadas de sangre, y sus finos y negros cabellos se le pegaban a la cabeza. Ríos de sudor le corrían por el rostro. De vez en cuando alzaba la mano izquierda, sin hacer caso de la herida, y se enjugaba con los dedos el sudor, para poder ver.
Si es que en realidad podía todavía ver. En efecto, sólo era un mortal, no contaba con ninguna ayuda, e incluso la media luna se había ocultado hacía tiempo por el oeste, escondiéndose tras los altos árboles que bordeaban el claro. Sólo un puñado de estrellas contemplaban desde lo alto aquella acción valerosa llevada a cabo por el alma atormentada y esplendorosa de Lancelot du Lac, la acción más galante e intrépida jamás entretejida en el Tapiz.
Paralizado por su responsabilidad hacia el bosque y por el poder de aquel lugar, Flidais contemplaba con desesperación cómo los dos contendientes se acercaban más y más. Vio que Lancelot, de pies ligeros y ágiles, sobreponiéndose al dolor y al cansancio, se dejaba caer sobre una rodilla, esquivando el ataque del demonio, y lanzaba una estocada fulminante contra la pierna del demonio, la única parte de aquella apariencia de roca gris pizarra que no era invulnerable a los golpes del acero.
Pero con una agilidad que contrastaba con su grotesca fealdad infestada de gusanos, el demonio del bosquecillo esquivó el golpe. Con terrorífica rapidez, dibujó una nueva espada y un nuevo brazo y, mientras el arma tomaba forma, lanzó un terrible golpe contra el hombre tendido en el suelo. Lancelot rodó con precipitado y forzado movimiento e interpuso su brillante espada para parar el golpe de la espada de piedra de Curdardh.
Las espadas entrechocaron con un estrépito que sacudió todo el claro. Flidais apretó los puños con el corazón palpitante y entonces vio que, incluso frente a la brutal fuerza del demonio, Lancelot se mantenía firme. Su espada no se rompió y los músculos de su brazo no cedieron. Con el golpe se rompió la espada de piedra; Lancelot se echó a rodar otra vez lejos del límite del claro y se puso en pie mientras su pecho se agitaba convulsivamente.
Entonces Flidais vio que tenía otra herida, causada por un trozo desprendido de la espada del demonio. La camisa le colgaba hecha jirones; Lancelot se la arrancó y se quedó con el pecho desnudo en medio del claro, dejando al descubierto una herida justo encima del corazón que sangraba sin cesar. Balanceándose sobre los pies, mirando a su enemigo con ojos impávidos, blandió otra vez la espada, mientras esperaba una nueva acometida de Curdardh.
Y Curdardh, con el primigenio, implacable e incansable poder de la tierra, atacó. Cambió una vez más de forma, abandonando la desmañada pero invulnerable apariencia de roca, y adoptó una vez más una cabeza, que era casi humana pese a que sólo tenía un ojo, del que caían como lágrimas gusanos y negros escarabajos; y una vez más, ahora de forma más terrorífica aún, blandió el colosal martillo que sacó de alguna parte de sí mismo. Sosteniéndolo con un brazo tan fornido que parecía tan grueso como el pecho de Lancelot, avanzó, de forma que casi parecía salvar todo el espacio del claro con tan sólo una zancada, y, rugiendo como una avalancha, lanzó un martillazo contra el hombre que lo aguardaba.
Lancelot lo esquivó, pero a duras penas, pues el ataque fue brutalmente rápido. Flidais sintió que la tierra se sacudía otra vez con el impacto del golpe, y cuando Curdardh siguió avanzando, acosando, acosando sin cesar al hombre, el andain vio que había un humeante agujero sobre la yerba chamuscada en el lugar donde el martillo había golpeado como si del destino se tratara.
Y siguió golpeando una vez tras otra, hasta que Flidais, que sin darse cuenta se había clavado las uñas en las palmas de las manos, creyó que el corazón iba a saltarle en mil pedazos de la tensión y la fatiga. Y una y otra vez Lancelot esquivaba el mortífero martillo y la afilada espada que el demonio hacía crecer de su propio cuerpo. Por dos veces el hombre consiguió cortar los brazos que blandían las espadas de piedra, y por dos veces fue capaz de saltar, con una resplandeciente gracia comparable a la de las estrellas, y herir a Curdardh, una vez en un ojo y otra en el cuello, obligándolo a adoptar la protectora apariencia de roca.
Eso significaba un cierto respiro para el hombre, pero insignificante, porque incluso bajo aquella apariencia el demonio podía seguir atacándolo, procurando acorralar a Lancelot contra el impenetrable muro de árboles que rodeaba el claro para matarlo aplastándolo con la oscura y abigarrada masa de su cuerpo.
Una vez más la lucha llevó al demonio y al hombre cerca de donde se encontraban Flidais y Darien. Y una vez más Lancelot pudo tirarse al suelo. Pero esta vez fue a dar con un hombro contra uno de los humeantes agujeros que había excavado el martillo, y Flidais lo oyó quejarse involuntariamente, y lo vio rehuir el ataque, ahora con torpe desesperación. El andain, con el alma consumida por el horror y la piedad, se dio cuenta de que esta vez se había quemado.
A su lado oyó un sonido estrangulado y vio que Darien también se había dado cuenta de lo que había sucedido. Echó una ojeada al muchacho y sintió que el corazón se le detenía por unos instantes. Darien estaba dando vueltas sin parar entre sus manos a una reluciente daga, y parecía no darse cuenta de lo que estaba haciendo. Flidais había captado un elocuente brillo azul y por eso supo de qué daga se trataba.
-¡Cuidado! -susurró con urgencia. Carraspeó, pues la garganta se le había quedado seca-. ¿Qué te propones hacer? -preguntó.
[…]
Del claro se levantó un ruido ensordecedor, más fuerte aún que antes, y esta vez contenía además ecos de triunfo. Fhdais se dio la vuelta a tiempo de ver cómo Lancelot saltaba por los aires, alcanzado por un martillazo que no había podido esquivar y que lo habría matado si lo hubiese alcanzado de lleno. Aun con todo, el golpe le hizo recorrer por los aires una considerable distancia del claro y le hizo aterrizar magullado y sin fuerzas justo al lado de Darien.
Curdardh, sin dar muestras de fatiga y presintiendo que se acercaba el fin del combate, se dispuso a atacarlo de nuevo. Sangrando sin cesar, extenuado, con el brazo izquierdo colgándole inútil en un costado, Lancelot logró ponerse en pie haciendo acopio de una fuerza que Flidais no comprendía de dónde sacaba.
Cuando el demonio estaba a punto de alcanzarlo, Lancelot miró a Darien. Flidais vio que los ojos de ambos se encontraban. Luego oyó que Lancelot le decía con una voz exenta de inflexión alguna:
-Un último intento en memoria de Gawain. No me queda otra salida. Cuenta hasta diez, luego grita. Y luego reza a quien mejor te parezca.
No tuvo tiempo de añadir nada más. Haciéndose a un lado con media voltereta, esquivó el mortífero martillo, que golpeó el lugar donde hacia unos instantes se encontraba, y Flidais retrocedió asustado por el estruendo que siguió al golpe y por el calor que surgió de la hendidura abierta en el suelo.
Curdardh atacó otra vez. Lancelot se puso en pie moviéndose con ligereza. El demonio emitió un sonido desbordante y avanzó despacio.
Flidais sintió que el corazón iba a saltarle en pedazos mientras contemplaba la escena. Aquellos breves segundos eran los más largos que había vivido en toda su larga vida. Era el guardián del bosque, de aquel bosquecillo, y también lo era Curdardh. ¡Y aquellos dos habían profanado el claro del bosque! Tres. No podía mirar a Darien. El demonio blandió la espada. Lancelot detuvo el golpe tambaleándose. Cinco. De nuevo Curdardh golpeó con la espada de piedra, mientras levantaba el martillo. De nuevo el hombre se defendió, pero casi cayó al suelo. De pronto Flidais oyó el rumor de anticipación que provenía de las hojas de los expectantes árboles. Siete. Forzado al silencio, reducido a la condición de mero espectador, el andain notó en la boca el sabor de la sangre: se había mordido la lengua. Curdardh, flexible, sinuoso, totalmente fresco, avanzó haciendo fintas con la espada. Flidais vio que levantaba el martillo y levantó a su vez las manos en un inútil y compasivo gesto de rechazo.
Y en aquel preciso instante, Darien emitió un sonido como Flidais jamás había oído en todos los días de su vida.
Era un grito de angustia y coraje, de terror y de cegadora agonía, el grito desgarrador y sangrante de un alma torturada. Era monstruoso, insoportable, arrollador. Flidais, dejándose caer de rodillas por el dolor que le causaba tal grito, vio que Curdardh echaba una rápida ojeada hacia atrás.
Lancelot aprovechó la ocasión. Avanzó dos pasos, dio un desesperado salto, esgrimió su resplandeciente espada con un esfuerzo supremo y cortó de un tajo el brazo que hasta entonces no había sido capaz de alcanzar.
El brazo que sostenía el monstruoso martillo.
El demonio rugió por el dolor y la sorpresa, pero, aun así, se dispuso a hacer surgir del muñón otro miembro. Flidais lo vio por el rabillo del ojo.
En realidad estaba mirando lo que hacía Lancelot, que tras dar tan certero golpe se había dejado caer con agilidad al suelo, había arrojado su espada a donde estaban Darien y Flidais y se inclinaba, casi sin aliento, para coger el martillo de Curdardh.
El brazo izquierdo le colgaba inútil. Asió con la mano derecha el mango y, jadeando por el esfuerzo, intentó levantar el martillo. Pero no pudo. El martillo era grande e inimaginablemente pesado. Era el arma de un demonio, del Más Anciano. Había sido forjado en el fuego de los profundos abismos de Dana. Y Lancelot du Lac era tan sólo un hombre.
Flidais vio que el demonio hacia surgir de su cuerpo otras dos espadas, y que se disponía a avanzar de nuevo rugiendo de rabia y dolor. Lancelot lo miró. Y Flidais, arrodillado, incapaz de moverse, incapaz incluso de respirar, en aquel momento se hizo una idea exacta de la grandeza de aquel mortal. Vio que Lancelot se estaba ayudando a sí mismo con la fuerza de la voluntad –no había otras palabras para describir su acción- a levantar el martillo con una sola mano.
Y lo consiguió.
El mango se separó de la tierra, y luego, incomprensiblemente, también lo hizo la monstruosa cabeza del arma. El demonio se detuvo y emitió un ruido rechinante, mientras Lancelot, abriendo la boca en un mudo grito de supremo esfuerzo, aprovechaba la inercia del levantamiento para girar sobre sí mismo con el brazo extendido y los músculos rígidos, tensos, relucientes, en tanto el martillo se elevaba inexorablemente con la rapidez del giro.
Luego lo dejó ir. Y aquel poderoso martillo, forjado en los fuegos que ardían en los abismos, arrojado por la pasión de aquella alma imbatible, fue a dar en el pecho de Curdardh, el Más Anciano, produciendo un ruido como si estallara la tierra; y así murió el demonio del bosquecillo, que quedó roto en mil pedazos y esquirlas.
Flidais sintió que el silencio caía como un peso sobre su vida. Jamás había visto tan quieto el bosque de Pendaran. No se oía ni el rumor de una hoja, ni el susurro de un espíritu; los poderes del bosque permanecían inmóviles como encantados por una dolorosa estupefacción. De un modo absurdo, le pareció que incluso las estrellas que se cernían sobre el claro habían cesado de moverse, el mismo Telar se había quedado silencioso y quieto, y las manos del Tejedor habían dejado de trabajar.
Se miró las manos, que le temblaban, y luego, despacio, se puso en pie, sintiendo como si con tal movimiento regresara de otro mundo para incorporarse de nuevo al tiempo. Dio unos pasos, en medio del silencio, hasta detenerse junto al hombre en el centro del claro.
Lancelot se había sentado, con las rodillas dobladas y la cabeza escondida entre ellas. El brazo izquierdo le colgaba inútil en el costado. La yerba estaba cubierta por la sangre que le manaba de docenas de heridas. Tenía en el hombro una fea quemadura, en carne viva y ampollada, que se había hecho cuando había caído en el agujero chamuscado excavado por el martillo. Al
acercarse más, Flidais vio que tenía además otra quemadura, y contuvo dolorosamente la respiración al verla.
La palma de la mano -en otro tiempo tan hermosa- con la que había asido el martillo de Curdardh, estaba ennegrecida y desollada, deshecha en jirones de carne de color violáceo.
-¡Oh, Lancelot! -murmuró el andain, con una voz que era casi un gruñido.
El hombre levantó la cabeza muy despacio. Sus ojos, velados por el dolor, se encontraron con los de Flidais, y entonces, incomprensiblemente, la tenue sombra de una sonrisa apareció en la comisura de los labios.
-Taliesin –susurró-, me pareció haberte visto. Lo siento -añadió mirando la chamuscada carne de la mano-, siento no haber podido saludarte antes de forma conveniente.
Flidais sacudió la cabeza sin decir nada. Abrió la boca, pero no pudo pronunciar palabra. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo.
-Durante centurias se ha relatado que jamás fuiste vencido por un caballero. Esta noche has luchado con alguien que no era mortal y que nunca debía de haber sido derrotado. ¿Qué puedo ofrecerte, mi señor Lancelot?
Los ojos del mortal, que sostenían su mirada, parecieron iluminarse.
-Sólo tu silencio, Taliesin. Necesito que guardes silencio acerca de lo que ha ocurrido aquí, para que los mundos no sepan de mi vergüenza.
-¿Vergüenza? -dijo Flidais notando que se le quebraba la voz.
Lancelot alzó la cabeza y miró las estrellas.
-Era un combate mano a mano -dijo despacio-, y sin embargo requerí la ayuda del muchacho. Mi nombre estará marcado hasta el final de los tiempos.
-¡En el nombre del Telar! -gruñó Flidais-. ¿Qué insensatez es ésa? ¿Qué me dices de los árboles y de los poderes del bosque que ayudaron a Curdardh a acorralarte? ¿Qué me dices de este campo de batalla en el que los poderes del demonio prevalecían sobre todos los demás? ¿Qué me dices de la oscuridad en la que él podía ver y en cambio tú no? ¿Qué me dices...?
-Aun así -murmuró Lancelot acallando la voz del andain-. Aun así, yo supliqué ayuda en un combate mano a mano.

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